De nuevo, cumpleaños. Tercera vez en Buenos Aires, donde no hago nada más que ver a mis amigos, y andar con mis sobrinos. Los gordos deberán esperar para tener la excusa perfecta de comer torta hecha por mamá (Nancy hace la torta siempre para que ellos me canten el cumple).
Nunca espero regalos. Tampoco que la gente se acuerde. Mucho menos, que gente que sólo es conocida me salude. Siempre termino esperando que el día pase desapercibido. La gente espera que uno “haga algo”. La ‘Daria’ que habita en mí, le respondió con una risa de ’sigue soñando’ a una compañera de laburo que me preguntó para cuándo la fiesta.
Recuerdo uno de mis primero cumples, tal vez el tercero, o el cuarto. Tengo la impresión de estarlo festejando en lo de Ivón -madrina de mi hermano, vecina en esos días y hacedora de unas tortas únicas. Por esos días no me dejaban tomar cocacola -porque es mala para los niños-, y mi único deseo en ese día, era cazar un buen vaso lleno hasta el tope, y disfrutarlo con mis pequeños sorbos de nena recién estrenada en este universo -con esa sensación de las burbujas haciéndome demasiadas y casi insoportables cosquillas en la nariz y en la boca.
Ya era de noche. Los demás niños corrían patio arriba y patio abajo. Gritaban con la algarabía particular de cualquier niño regular, algarabía y tremendura que mis hermanos y yo sólo reservábamos para mi casa y mi madre. Luego de pasar el día viendo como Ivón hacía mi torta, y de pasear entre los adultos y los niños como un fantasma mínimo de ojos grandes, abiertos y oscuros, logré mi cometido.
Alguien finalmente me sirvió un vaso completo de cocacola.
Me escabullí -empresa para nada difícil debido a mi tamaño mínimo y mi talento para ser silenciosa e invisible- y me senté en el último rincón del patio, con mi efímero y recién adquirido tesoro. Ja! Por fin! Recuerdo el vaso grande para mis manos. Y me senté, con el vaso agarrado con ambas manos, cuidando que no cayera ni media gota.
Estoy sola y feliz, cuando llega una amiga de Ivón a interrumpirme. Uno de esos adultos que se creen que son simpáticos y se la llevan bien con los niños. De esas mujeres que se creen que demuestran lo buenas madres que pueden llegar a ser si alguien les hace el favor de casarse con ellas. Se asoma a mí, inclinándose, y me dice:
-Así que ¿tú eres la cumpleañera? Yo asiento mientras la miro por encima de mi sorbo de coca.
-Y ¿te estás divirtiendo? Le digo que sí.
-Y ¿te gusta tu torta?
A este punto, hice algo que intuitivamente aprendí que era infalible. Elaboré una respuesta complicada, para que me dejara en paz. Con los adultos, siempre funciona.
-Sí, me la hizo Ivón, porque ella hace las mejores tortas de todas. Me gusta porque ella no hace el ‘nevado’ (la cubierta) como la hacen en las panaderías y otros sitios. La hace con la clara del huevo y con gelatina, no con colorante, no. Con gelatina, de fresa. Es por eso que no sólo es rosa, sino que tiene sabor a fresa, que es lo que lo hace más rico. Además, Ivón le puso cerecitas, no guindas, porque no me gustan, son ácidas.
…
La mujer me mira. No recuerdo que haya dicho nada. Puedo recordar su blusa clara, sus jeans y su pelo castaño, aún en el medio de la oscuridad del patio. Sé que dio media vuelta y regresó con los demás adultos. Al rato, llega mamá, y me pregunta qué le dije a la chica. Le repito todo lo que dije. Mamá se ríe y me dice: te van a terminar diciendo ‘picona’, como a mí de pequeña mis primas, porque hablás ¡mucho! Después, escuchando a mi mamá en las conversaciones con otros adultos, me enteré que dejé a mi interlocutora boquiabierta, preguntando cuántos años tenía. Porque ¡no podía ser que hablara de esa manera a mi edad!
Mamá me lleva de la mano, al mismo tiempo que tomo los últimos sorbos de cocacola. Me espera mi torta de frutilla, con ‘dandys’ de chocolate y algunas cerecitas. Recuerdo las luces del interior de la casa, y el calor de la noche marabina.
Desde entonces no he cambiado mucho. Sigo siendo pequeña para el resto. Sigo mirando a todos desde este tamaño y el rincón que escogí del mundo para observar, callada, desapercibida. Por sobre todo, sólo espero que, mientras todos están distraídos en su fiesta y sus cosas, yo pueda escabullirme al rincón más alejado, con mi vaso de cocacola, a tomarlo tranquilita, mientras disfruto del momento y de la noche estrellada, aunque siempre haya quienes de vez en cuando, la interrumpan a una en sus meditaciones de burbujas.
