De repente saliste, como si tu camino fuera inevitablemente salir a mi encuentro.
Me miraste, seguro pensaste que parecía que te estaba esperando.
Admitiré que esperaba tus ojos oscuros, tu frente alta, los rayos rojos de tu boca.
Admitiré que nunca imaginé que los esperaba.
Y que no sé qué hacer con todo ello.
He visto volar a mis pájaros. Les alimenté los sueños que nutrieron alas que hoy son fuertes al viento.
Y el amor les enseñó a volar alto. Me faltan algunos, temerosos, que no están listos, pero saldrán porque el tiempo está cerca.
Vendrás para mirar hacia el cielo junto a mi, y sonreír.
Tu mirada, como el sol, amanecerá sobre su mar.
Leo en un libro nuevo: “Harás espacio para mí”.
Es tan hermosa la frase que la leo varias veces, pensando en todos sus sentidos.
Ámame. Haz espacio para mí.
Me duele que no sepas que te estoy mirando.
Caminando por Av Corrientes con la garúa flotando sobre mi rostro, y viendo como la niebla bajaba sobre esta noche en la ciudad. Llego a mi habitación, poblada de las luces amarillas de la calle y mi gato.
Salimos ambos al balcón mojado. Respiramos.
Ambos amamos la belleza de la noche sencilla y amable.
Nos vamos a dormir.
Tengo esta sensación de extrañar tu mirada.
La que se posó sólo una noche en mi, en mis ojos.
Desde entonces vivo con la angustia de no volver a sentir tu poso sobre mi, en mi.
Que fingí todo el tiempo no querer correr a tus brazos y morir ahí.
Sobre ti, en ti.
Quieta la noche en que reviso mis anhelos de ti. Los enumero, los ordeno, los barajo y vuelvo a guardar.
Hay un viento frío y lento que se cuela en la penumbra.
El invierno llega donde no estás.
