He volado varios cielos en algunas oportunidades, todos son distintos para mi. Los colores, las formas de las nubes, el paisaje de abajo, la luz, la claridad… Una vez más Antoine de Saint-Exupéry me sorprende gratamente, leyendo Vol de Nuit. Siempre había querido leer el libro, pero nunca lo vi en ningún lado. Recordando nuestros vuelos imaginarios nocturnos -esos que Javier y yo hacíamos en nuestros 5 o 6 años de edad- encontré un mal ejemplar en internet, y nada más por la necesidad me lo empujé todo de un tirón, sin escalas, con la misma urgencia de la espera de los personajes del libro, con esa sensación de lo inevitable. Nunca supe de qué se trataba el libro exactamente, y para mi sorpresa, la trama se desarrolla sobre este mismo cielo. Una vez más Saint-Exupéry me sorprende con pensamientos que he tenido, con sus nostalgias, su sentido maravilloso de la urgencia, la amistad, el deber.
He pasado por varios edificios que ostentan haber sido su alojamiento en los momentos en que vivió en este sur. Bajo este mismo cielo donde tal vez sin querer, casi predijo como desaparecería del mundo. Tal vez quería irse volando.
Anoche, bajo este mismo cielo, tomo el colectivo al salir del laburo y venía alguien leyendo. Reconocería la forma del Principito y sus dibujos a leguas de distancia. Sonreí. “Antoine, siempre estás entre nosotros recordándonos lo escencial”. La edición me era decididamente familiar. Luego de un trecho de viaje, el chico del al lado se levanta y tomo su lugar. Miro de nuevo el libro en las manos de este muchacho, y veo el dibujo del rey, con su manto sobre el diminuto asteroide. Lo lee con atención de principiante. “He aquí una persona más que te descubre”. La páginas brillan y pienso -bien entrenada en letras- “qué linda edición!” Me atrevo, so pena de parecer una loca que roba libros y luego los vende en la feria de san telmo, y le pido si podría ver el ejemplar. Una edición de la editorial Emecé, en perfecto estado, brillante e impecable, pero idéntica a la que tengo del año 1951 -año de nacimiento de mi madre, en un ejemplar que le perteneció y que ahora guardo como un tesoro inconmensurable. Le comento que me sorprende saber que Emecé siga editándolo sin cambiarle ni un milímetro al diseño. Para mí habría sido un crimen. El Principito necesita de un tamaño de letra, de encuadernación y de diagramación, parecidas a los originales manuscritos de su autor. El chico me señala su nombre escrito en las primeras hojas y me dice que la letra es de su madre. “Ah sí, las mamás siempre son las responsables de darnos lo escencial” pienso. Así que el ejemplar para este chico también era bastante viejo, se lo habían regalado cuando niño, según me dijo, pero nunca lo había leído hasta ahora. Me dice que siempre se topaba con cosas o gente que hablaba del libro y que ya no podía seguir sin saber qué decía ni sobre qué se trataba. Así que era su primera vez.
Y así terminé contándole un poco la historia de este diseño que ven en mi casita, que se mantiene porque es imposible sacar al principito y suplantarlo. Todos lo extrañarían, y ya no puedo evitar que me digan que soy la dama del principito, y que algunos se acerquen a esta casita sólo para verle ahí, contemplando al lado de su rosa y sus volcanes, la vastedad del universo, y su necesidad por un amigo.
Me dijo que visitaría el blog -sé que anoche lo hizo, no es difícil encontrarme si se sabe mi nick- y seguro se dió cuenta de que como le expliqué, no era nada del otro mundo este diseño. Aunque tiene algo. Tiene ese algo de los dibujos de mi querido Antoine. Tiene algo de mi cielo. Una mezcla de los cielos que he visto y que Antoine también visitó. También algo de contemplación, de tranquilidad, y mucho de la nostalgia y la necesidad de no estar solo.
Ojalá el chico del colectivo llore con el final. Eso significará que ha sido como Leon Werth, y entenderá que ahí es cuando somos el mejor amigo de Saint-Exupéry, y que es ahí donde se encuentran a los verdaderos amigos. En los desiertos, en las soledades de asteroide, en las risas con ruido de manantial y de polea herrumbrada que nos trae agua fresca. Y en ese misterioso país de las lágrimas.
Y permanecer bajo este cielo que el autor sobrevoló, bajo este sol donde hizo amigos. Mirando de vez en cuando su mejor regalo: Quinientos millones de esas cositas doradas que hacen soñar a los holgazanes. Las estrellas no eran de nadie, por eso él nos las regaló. Depende de nosotros mirarlas y preguntarnos si el cordero se ha comido a la rosa. Y comprender el misterio de que sean cascabeles o sean lágrimas. Y dejar de ser grandes ante el infinito, bajo este mismo cielo de “Vuelo de Noche”.
El chico de mi vuelo nocturno, se llama Fernando.
