Qué quedará de mí, luego que como ella sea ese polvo dorado a la luz que viaja por el mundo.
A mi alrededor, todo es pequeño. Mis pequeños zapatos, una cama. Un inventario escaso de cosas de mi tamaño.
Algunas espigas de trigo para recordar al sol en los días nublados.
El conjunto de sombras de la noche, y un par de lámparas amarillas, que se cuelan a través de las ramas desnudas.
Un grupo de gorriones me mendigan sonrisas que desmenuzo en migajas para darles.
Y este cuaderno de luz, lleno de fotos, de letras, de vínculos viejos y nuevos.
Y estas manos que escriben. Papeles.
Una caligrafía torcida, maltrecha como mi nombre.
Silencio: ha llegado la palabra redonda, oscura como mis ojos. La nostalgia es mirar la noche a través de una ventana. Hay que hundir la frente en el frío del cristal y escoger la noche.
Escoger las platas que le dona la luna a la calle silenciosa. Qué quedará de mi cuando otros ojos, que no intuyo, en un futuro que no sospecho, miren mis débiles retorcidos trazos.
Dirán: ella escribía.
Y volveré a mi borrón de viento. Al dolor dulce de arrinconarme hundida en el filo de la penumbra.
De mí, sólo podrás pasar tu mano por los rastros de lo que una vez fue mi escritura.
