La próxima semana se acaba la universidad por este momento, tendré un mes de vacaciones que se harán dos semanas porque hay que rendir exámenes finales, una de esas locuras que hacen acá que mi madre apoya pero yo no. Si aprobaste el curso, para qué la final? No me parece práctico, pero what the hell…
La cosa es que me pasaré de cabeza metida en un parque con la Gorda, a quien he descuidado mucho por mis estudios, ecita mi niña.
Y trataré en lo posible de desempolvar esta casita que hasta las plantas andan medio secas.
Por ahora, me sale un puñal de historia del cine mudo :P
Qué trabajo nos manda el Señor… sigh.
La noche anterior a ver la película, María y yo cenábamos en el Bar Británico. La conversación derivó de repente hacia vivencias personales no muy gratas. María me contaba de cuántas bombas se había salvado en su vida. “Esa estalló a 3 cuadras de donde yo estaba”. Frases como esa traían la acotación sobre a quién había perdido en esa explosión. No es necesario ir tan lejos, en nuestro continente hay guerras que no son llamadas por su nombre. Se llaman “conflictos”, eufemismo sobre la realidad de países como Colombia.
En medio de este prólogo, veo Persépolis: la vida de Marji, una mujer iraní quien desde la sala de espera del aeropuerto de Orly, nos hace viajar hacia su niñez, tiempo en el que vivía sin enterarse. Así como la niña Marji se va adentrando en la historia y los problemas de su país, nosotros vamos aprendiendo: la historia de ambos Sha de Irán, cotejada con la historia de la familia Satrapi. Teherán en ese momento pasa a ser cercano: el abuelo de Marji pagó las consecuencias de ese pasado totalitario. Luego veremos como la revolución se lleva a más conocidos y parientes de esta niña, quienes van enseñándole a Marji el valor de la lucha por la libertad, conceptos como el comunismo y el heroísmo, la dignidad, y los horrores en los que viven inmersos. Marji crece y va mostrándonos lo que esta revolución les deja: las imposiciones religiosas extremas, la guerra con Irak, la manipulación de la doctrina, la transformación de un país moderno en un lugar de destrucción y retraso. En el colegio veremos a Marji contestándole a las charlas ideológicas con el mismo valor aprendido en casa. Por todas estas razones, sus padres deciden enviarla a Viena para evitar que le hagan daño. Desde entonces la ahora adolescente Marjane tratará de completarse como persona. De encontrar un lugar al cual llamar suyo.
Una vez que se viaja estas condiciones, comienza el desarraigo. El tiempo que transcurre sin ella en su ciudad natal, la separa y la diferencia del entorno local. Lejos, en otro país, será siempre una extraña. Uno de los momentos imperdibles: la noche anterior al viaje, su abuela se queda a dormir con ella y de su corpiño caen jazmines. Marji –la niña- lo describe como “mágico”. Es este el emblema de Persépolis. Como jazmines nos queda su escencia impregnada en la memoria. Esas flores decoran todo el arte de la película, vinculándose siempre con el momento de la inocencia perdida. Porque después de esa noche, Marji viaja y pierde la inocencia de la niñez para hacerse adulta. Las flores están en el vestido de Anjou, la chica comunista, es fácil identificarla por su vestido de flores blancas en el momento en que una inocente es colgada. Y todos los jazmines que aparecen en los momentos previos a chocar con la crudeza: cuando los hombres que amó la traicionan.
Los toques de color no separan el pasado del presente. Son los momentos de libertad, no sólo política. Es la libertad de conocerse y de finalmente aceptarse. La guerra es también interna, es poder reconstruirse por dentro y renacer. No es fácil.
¿Cómo se vuelve a surgir de entre las cenizas y los escombros de una bomba? ¿Cómo se aprende a vivir y a reunir los pedazos? La Marji adulta aclara el mundo postguerra de Teherán en una frase: era tanta la desesperación por vivir normalmente y ser felices, que se les olvidaba que vivían en la opresión. Siempre hay elección, decía la abuela. Puedes escoger fingir normalidad y alienarte con el infierno, o serte fiel a ti misma.
María no finge normalidad. No hace chistes sobre bombas. Nunca más caminará desprevenida. Yo tampoco. Uno se reconstruye después de todo, pero no olvida. Como Satrapi que nos deja sus memorias.
Uno elige una libertad sacrificando cosas. Nosotras elegimos poder terminar de estudiar semiótica tranquilas en mi casa, para luego esperar el 53 tranquilas en la esquina, a las 2 de la madrugada. En un país donde el colectivero del 22 le hace señas al gato del Parque Lezama para no atropellarlo. A cambio, dejamos nuestro mundo conocido: amigos, familia, el mar cercano.
Después de ver la película regresé a casa, me senté y lloré. Por mi país, porque reconocí dolorosamente en lo que se está convirtiendo. Un valle de balas. Y lloré por mí. ¿Para qué Satrapi nos cuenta su historia? ¿Para decirnos la verdad sobre el Islam y el fundamentalismo? Es una de las tantas verdades. Con Persepolis logra interpelarnos al ponernos en su vida.
Volvemos al aeropuerto de Orly, de donde Marji, la adulta, no se ha movido. No sabemos si va o viene. La vida es un continuum de comienzos. Sólo de comienzos.
A quienes viven en la inocencia, se les interpela para tener conciencia de ella y no pasarla por alto. Para no burlarse del sufrimiento del otro. Uno no es más “cool” por haber visto muertos en la calle. No se es más “cool” por haber esquivado balas o haberse librado de pistolas en la cara. Uno no es valiente por eso. María no pidió vivir lo que vivió. Nos toca y tratamos de seguir viviendo.
La interpelación final es esa. Aprender, urgentemente, lo más pronto posible. Aprender el respeto por los que vivieron el horror. Aprender a valorar la vida, la bondad. Los jazmines. El aroma de los buenos momentos.
No puedo escribir una crítica de tres mil caracteres con espacios, y me zurrarán, pero no puedo. Si me hacen escribir sobre Persépolis, debo responderle a Satrapi como se debe. Ver Persépolis es verme a mí misma. Verme cuando de niña hablaba con Dios. Mi inocencia perdida a los 8 años. Verme cuando puedo decir con exactitud que lo que acaba de escucharse no fue un cohete, sino un balazo. Cuando me levantaba a mitad de la noche para recibir a Carmen, con la noticia de que habían matado a su cuñado de un balazo en la cara para robarle el taxi. Eso de saber describir cómo queda un cerebro humano desparramado en la vereda. Pude verme pasando miedo y frío. Desilusionada por los hombres que amé. Contestataria a morir.
Pude verme suspirando resignada, cuando una vez más me preguntan de dónde soy.
Al final, la abuela de Marji tiene razón: debemos recordar que aquellas personas que nos lastiman lo hacen sólo porque así se expresa su ignorancia. Así nos salvamos de guardarles rencor. No hay nada peor que los baobabs del rencor, la amargura y el odio infestando el corazón de los hombres.
Esto es como el dibujo de los baobabs: urgente, hay que advertirles esto a los niños de la tierra. El corazón de los hombres está infestado de baobabs. Nuestro principito –ese niño que todos llevamos dentro como Satrapí- es el encargado de arrancarlos antes de que crezcan y ahoguen el pequeño lugar. Y cuida celosamente la flor, el poder amar que todos tenemos.
Persepolis es el dibujo de los baobabs del Principito, hecho película. Es el dibujo más majestuoso de todo el libro.
Ahora sí, debo irme a lavarme la cara.