Ella siempre supo creer. Ese era el secreto de su poder, aquello que la hacía, práticamente, indestructible ante las fuerzas oscuras. De niña miraba a las estrellas, y creía. Creía que alguien la esperaba, y ella también esperaba entonces, encontrarle en medio de la gente, en medio de las noches, de las canciones oscuras que en ese pretérito rincón le hacian presentirle, componerle en lo oscuro de su habitación, cuando la luna apenas se dibujaba como una pestaña en el bajocielo.
Ella creía. Pero también tenía el don del convencimiento. Y como su pasión por lo que creía crecía, alimentado por su cada día más ambiciosa y fuerte imaginación, su poder de convencimiento se hizo su mejor arma y su peor enemigo. Y ella dice -su peor enemigo. Porque gracias a eso, perdió un hermano, tal vez no para siempre, pero como ha dicho el león: cada instante es para siempre, si pierdes muchos instantes, ya puedes hacerte a la idea de cuanto ella ha perdido de él. Y pensar que eran gemelos.
Eran, porque ya no. Cuando se pierde un gemelo así, es porque ya nada es igual, y sino se es igual, ya no se es gemelo de nadie. Él nunca entendió los poderes de ella, eran tan niños cuando ella lo hacia sufrir sus poderes!
Nunca supo que él era incapaz de comprender estos dones, y él prefirió separarla de su vida, y repudiarle en silencio, allá donde el corazón comienza el destierro.
Y así siguió ella su camino, siendo gemela de nadie. Los adultos de ese entonces la llamaban mentirosa. Acaso eso tambien contribuyó a la confusión, y el destierro. Pero las acciones de los niños nunca son entendidas, mucho menos sus maravillosos dones, recien entregados y que brillan entre los rostros adustos de los que miran estupefactos: alguien que cree.
En qué creía? Ella creía en Dios. Y no porque sus padres la llevaran a la iglesia o le hablasen de él, porque ellos no creían, no. Tampoco porque en sus clases se colara alguna maestra de religión y le enseñase a rezar… eso tampoco.
Ella creía porque lo vió en la televisión, y decidió que era bueno creer en alguien -o algo- lleno de magia como ese desconocido Dios, lo estaba para ella. Ser alguien todopoderoso debe ser algo increible, fantástico! Toda la magia en una sola persona! Ella concebía a Dios en sus noches de misterios, creyendo con fuerza. Quería por sobre todas las cosas, ser su amiga, su alumna, su querida y bendecida personita. Alguien tan poderoso, seguro daría generosos regalos a sus amigos y protegidos, adivinó en su interior. Y comenzó a cantarle canciones, y convenció a su gemelo -que en ese entonces era su gemelo- que ellos podían alcanzar la amistad de Dios, y que él hablaba con ella. El problema es que el gemelo no sabía que no eran mentiras, que ella hablaba con Dios y él le respondía. Ella le decía, en alguna mañana lejana de sábado: Él me ha dicho que Merie está feliz corriendo por el cielo, y que nos sigue queriendo lo mismo. A lo cual el gemelo incrédulo le preguntaba si era posible que los perros fuesen al cielo. Ella no lo dudaba ni un segundo, y escuchaba la voz en su interior de ese Dios que le decía: Querida mía, todo es posible, si lo crees con fuerza. Porque amas con fuerza, y el amor hace realidad todo lo que sueñas.
Así ella se desprendió de esa primera habitación en la cual compartían autitos y muñecas, y toda clase de peleas de chiquillos, sin dejar de creer.
En su camino, ella ha convencido a muchos, tal vez estas personas no tienen el poder de creer con tanta fuerza y destreza como ella. Pero ella inventó a Dios, le otorgó poderes, lo hizo fuerte, y ahora Él es tan benevolente con ella, que sigue alimentando su imaginación, sus palabras creadoras, su mano consoladora y sus consejos capaz de atravesar continentes para llegar hasta el corazón que lo necesite. Todo con su corazón fuertemente arraigado en sus dones, puros como cuando era una plumilla saltarina, y fuertes por los contactos con las fuerzas más oscuras de la incredulidad, esa fuerte enemiga, manipuladora de mensajes en contra de lo bueno y puro.
Sin embargo, pese a sus dones florecientes sobre las profundas oquedades de los corazones que tienen el tino o el desatino de toparse con ella, pese a su inteligencia, su sabiduría, su corazón lleno de tesoros y hechizos mágicos, de conjuros poderosos capaces de invocar a la más incrédula de las criaturas, y hacerla creer en el amor, ella, la que cree, ha dejado de creer en una sóla cosa. Ella dejó de creer que podía recuperarlo.
Ya no sabe como imaginarlo junto a ella, no sabe como volver a escuchar a su madre confundida porque no sabe quién es quién. Ha perdido contra la osucridad más inaudita, lo más hermoso de sus primeros y más puros años.
Él dejó de creer en ella, y ahora ella no sabe cómo creerle de nuevo cerca de sus brazos y de su amor. Sólo espera que algun día, en medio de esa tierra de sueños él, su gemelo perdido, la abrace de nuevo y arme otra vez, como antes, la ciudad de los autitos, y se confunda de nuevo con su vida que se quedó partida desde que él conoció la palabra mentira.
